He tenido la suerte de poder leer gracias a mi profesor de Historia del Arte (que me a suspendido el muy… gentil, con un 4’9), un soneto precioso  de Miguel Ángel (El mayor artista del Renacimiento) sobre 1532 en un momento en el que su vida se ha inclinado por un concepto neoplatónico: el amor a la belleza física es un engaño, sin embargo, el amor verdadero es el de la belleza espiritual, el cual satisface plenamente y no se extingue con el tiempo; eleva el espíritu a la contemplación de lo divino.

Non vider gli occhi miei cosa mortale,
Allor che ne’ bei vostri intera pace
Trovai, ma dentro, ov’ogni mal dispiace,
Chi d’amor l’alma, a sè simil, m’assale;

E se creata a Dio non fusse eguale,
Alto che’l bel di fuor, ca gli occhi piace,
Più non vorria; ma perch’è si fallace,
Trascende nella forma universale.

Io dico c’a chi vive quel che muore
Quetar non può disir; mè par s’aspetti
L’eterno al tempo, ove altri cangia il pelo.

Voglia sfrenata el senso è, no el amore,
Che l’alma uccide; e ‘l nostro fa perfetti
Gli amici qui, ma più per morte in cielo.

[No es mortal lo que mis ojos vieron cuando encontré en vuestros bellos ojos una paz perfecta, pero vieron en vos, allí donde todo mal nos molesta, a aquel que transporta mi alma a un amor que la hace parecida a Él. Y si el alma no fue creada a imagen de Dios, sólo desearía la belleza exterior que complace a los ojos. Pero, el alma la transciende en la forma universal, pues esta belleza es engañosa. Digo que aquello que muere no puede satisfacer el deseo de lo que vive y no me parece que el tiempo se parezca a la eternidad, pues en él cambia el pelo. Los sentidos son impulso desenfrenado que mata el alma, no son el amor. Y nuestro amor hace, aquí, perfectos a nuestros amigos, pero lo son todavía más en el cielo por la muerte.]